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Indecencia

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Cristian Villalta - Gerente Editorial de grupo LPG

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En eso de presidentes con problemas judiciales, El Salvador está protagonizando un récord. Sánchez Cerén es apenas el más reciente miembro del cada vez más nutrido club de la deshonra.

Hablando de este señor, el modo en que se procedió contra diez de los exfuncionarios del gabinete de Funes incluye evidentes vicios procesales, y la humillación a la que el gobierno les expuso en las cuentas de redes sociales oficiales no tuvo nada que envidiarle al modelaje social promovido en regímenes como el de Pol Pot, Sadam o Gadafi.

Tampoco es que pudiéramos esperar respeto al debido proceso de estas autoridades si el Ministerio Público actúa como la guardia pretoriana de Calígula. Las garantías constitucionales se encuentran en entredicho desde mayo, por más que algunos empresarios, profesionales y opinadores crean que el problema de El Salvador es sólo el volátil temperamento del presidente.

Pero aunque el ejercicio legislativo de investigación de los sobresueldos sea más un divertimento chabacano que un esfuerzo integral por salvar al Estado de algunas de sus peores prácticas, lo que hemos escuchado en esos intercambios entre funcionarios de nuevo y viejo cuño es invaluable: la clase política de ayer y de hoy exhibiendo todas las toxinas que lleva en las tripas.

El denominador común de los exfuncionarios que se han presentado es la creencia de que a la cúpula que gobierna le corresponden un nivel de vida, unas prerrogativas, prebendas y beneficios equivalentes a los de alto ejecutivo transnacional. No hay con qué más comparar sueldos que, entre lo que declaraban a Hacienda y lo que no, superaba en 2 mil por ciento el salario mínimo rural en varios de los casos.

Sobre ese concepto, poco se ha discutido. Por un lado, porque a Bukele S. A. de C. V. le interesa acabar con cualquier resabio de resistencia en eso de la representatividad popular y por más pobre que se le quede la competencia, el objetivo es que los que quedan del Komintern efemelenista -excepto José Luis Merino, que el hombre sabe pagar sus cuentas- y del naufragio arenero se exilien o escriban sus memorias en el sector 9 de Mariona. Y además, ¿quién pone a un mastín a otra cosa que no sea morder?

Por otro lado, si el propósito del presidente es, con el aparato público a su arbitrio y con la contraloría institucional ya domesticada, conformar una nueva oligarquía ¿qué beneficio le supone alertar a la nación sobre lo instalada que está entre la clase política, GANA y Nuevas Ideas a la cabeza, la idea de que el servicio público es una carta para el enriquecimiento, el abuso y el clientelismo?

Lo más ofensivo del asunto después de entender lo enquistado que ha estado el abuso del erario son las consideraciones y argumentos, al final veredas por las cuales gente que medró tanto de las finanzas públicas quiere llevarse de paseo a la opinión pública. Conviniendo en que la justicia (un eufemismo en El Salvador de 2021) se encargue de establecer cómo pagarán por no haber declarado esos dineros, ¿por qué no cambiamos de tema y platicamos sobre si lo que hicieron fue correcto, fue congruente, fue ético?

No ocurrirá, porque ni los burócratas de ahora ni los de ayer querrán admitir que en el seno de esas carambadas de partidos políticos que hemos tenido, se cultiva la convicción de que al gobierno se llega a eso, no por mérito sino porque simplemente se gozará de la oportunidad, con la excusa de la voluntad popular. Y la indecencia es tal que hay casos de abuelos, hijos y nietos que se han alimentado de la misma corrupción y no necesariamente enfundados en chalecos del mismo color.

Igual criterio aplica para los consultores, asesores y mandaderos que han deambulado y deambulan por los pasillos de Casa Presidencial desde tiempos inveterados. Ningún profesional tiene excusa para percibir ingresos de actores públicos o privados bajo la condición que sea y no declararlos. Si tanto cuesta reconocer una falta, si se cree que estirando las esquinas un comportamiento indecoroso parecerá decente, no les corresponderá poner ni una tilde y pedir ni una explicación cuando los sultanes de hoy sean juzgados mañana como ladrones.

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